Y respondió: no vendemos Felicidad a menores.
Miércoles 23.06.2010
Hoy en la cafetería pedí una Alegría con azúcar. Pero creo que se equivocaron de mesa. Es lógico despistarse al llevar ese tipo de consumición a alguien sin más compañía que el servilletero en la mesa de la esquina. Puede que de lejos parezca que "no pega" que a una persona así le dé por beber ese tipo de sustancia. Podría decirse que alguien como yo, que a veces se las da de independiente, de autosuficie
nte más bien, está destinado a no recibir Buenas Noticias. Ni siquiera pagando. Asique desistí, y al volver a llamar al camarero le pedí la cuenta. Al ver que mi mesa no tenía ni el cerco de líquido de algún vaso, me preguntó extrañado qué era lo que había pedido. Lo pensé dos veces. La tercera lo hice en voz alta, alegando un "vete tú a saber, hoy día el precio por intentar respirar el humo de la felicidad de otros te lo cobran en cualquier antro". Y tengo la sensación de que se quedó especulando sobre cuán alto sería el precio de la felicidad.










